Lamiel

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El doctor agravó a placer la indisposición de la gran dama; la enloqueció de dolor; verdad es que todos los días la sometía durante una hora al horrible magnetismo de su elocuencia infernal. La duquesa llegó a estar tan enferma que ya no tenía fuerzas para ir dos veces al día a ver a Lamiel a casa de sus tíos. Entonces, por los manejos del doctor, que quería curarla de su decaimiento, llegó a tal punto de locura que dejó el castillo para ir a pasar públicamente unos días en una casucha continua a la de los Hautemare, que el doctor hizo evacuar y amueblar en unas horas. Un hecha contribuyó a estimular el celo de Sansfin: Du Saillard estaba furioso y ponía toda su inteligencia en buscar un medio cualquiera de alejar al médico jorobado. El medio de defensa de éste fue muy sencillo. Todo el mundo en Carville temía al cura. El doctor, después de repetirlo en todos los tonos doscientas o trescientas veces, hizo comprender a la duquesa y al pueblo que el cura estaba celoso de él porque había salvado la vida a la pequeña Lamiel, después de que el cura había hecho traer para ella un médico de París. La cosa, una vez bien explicada, resultaba tan clara que todo el mundo lo comprendió, y ya no fue un enigma la gran agitación del cura Du Saillard. El doctor no omitió nada para que se enteraran los curas de las inmediaciones, los cuales estaban encantados de poder reprochar una debilidad al terrible cura de Carville, encargado de vigilarlos.


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