Narraciones y esbozos

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Como vemos, mientras duró aquella charla, que solo podría haberle resultado grata a una forma de pensar parisina, dos o tres temores trágicos se disputaban el pensamiento de la joven provinciana. Era demasiado sagaz para decir cosas que pudieran comprometerla; pero era tan llamativa la alteración de la voz que la prueba no se resolvió de forma tan ventajosa como había esperado Féder. No cabe duda de que lo que se dijo era prudente a más no poder. Pero ¡con qué voz temblorosa y apasionada se pronunció! Llegó la cosa al punto de que apenas habían transcurrido cinco minutos cuando Féder cogió el pañuelo y lo soltó en el acto. Valentine exclamó:

—Se están embarcando en el lago. ¡Vamos a subir en barca también nosotros!

Al llegar al embarcadero, no encontraron barca, ya habían zarpado y no se las veía; el muro de una casa los ocultaba a ambos de la mirada de las personas que estaban en el parque. Féder miró a Valentine; quería reñirla; no había salido airosa de su papel; ella lo miraba con los ojos llenos de lágrimas; él estuvo a punto de decirle algo, una palabra que no debía salirle nunca de los labios; la miraba en silencio; pero, en el mismo momento en que se alzaba con la victoria, tan difícil, contra sí mismo de no decirle nada, hete aquí que, sin haberlo planeado y casi sin darse cuenta, la besó en el cuello.


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