Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos El honorable diputado, como estamos viendo, confundía un tanto a esos dos grandes culpables de los crímenes de 1793, Voltaire y Rousseau. Delangle se echó a reír; todos los comensales siguieron el ejemplo. Forzaba un poco su vozarrón de hombre del sur para que echasen al olvido la carcajada que había recibido la ignorancia de su hermana. Y, efectivamente, todos los comensales que creían tener la seguridad de que había sido Voltaire, y no Rousseau, quien había escrito el Ensayo sobre las costumbres no tuvieron compasión del pobre diputado, aquel riquísimo comerciante de lanas que aseguraba que había perdido la vista a fuerza de leer.
No bien terminó la cena, a Féder le pareció prudente esfumarse; tenía miedo de que hubiera más miradas. Mientras paseaban por el bosque real, al que se sale por una puertecilla del jardín, Delangle, que seguía muy escandalizado por la carcajada, halló manera de decirle a su hermana unas cuantas palabras en privado: