Narraciones y esbozos

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—No cabe duda de que tu marido es muy cariñoso y muy bueno; pero, en fin, es un hombre y, en lo más hondo, no le desagradaría demasiado dar con una razón para no estar tan agradecido por la dote de un millón ochocientos mil francos que aportaste al matrimonio y que lo hizo llegar a vicepresidente del tribunal de comercio. Encogiéndose de hombros unas cuantas veces de forma significativa dará a entender seguramente a esos señores que eres una estúpida y, precisamente porque no hace quizá ni seis meses que saben ellos los nombres de Diderot y del barón De Holbach, los señores en cuestión comentarán largo y tendido tu ignorancia; olvídate, pues, a toda prisa de todos esos fraudes piadosos con los que aquellas buenas monjas intentaron asfixiarte la inteligencia, que las tenía asustadas. Así que no te desanimes; las dos veces en que aparecí por tu convento, la madre De Aché, la superiora, me dijo al pie de la letra que tenías una inteligencia que las tenía en vilo. —Delangle añadió esa frase porque veía a su hermana a punto de echarse a llorar y siguió diciendo—: Dos veces por semana, sin decírselo a nadie, solo al señor Boissaux, irás a París a dar clases de historia; te buscaré una profesora que te cuente cuanto sucedió en los últimos cien años; es lo más esencial de lo que hay que saber para la vida social; surgen continuamente alusiones a esas cosas recientes. Para quitarte de encima las tonterías del convento, no te vayas nunca a la cama sin haber leído una o dos cartas de ese Voltaire o de ese Diderot, a quien no ahorcaron como a Cartouche y a Mandrin.


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