Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Se daba cuenta de que la entontecían con tanto más esmero cuanto que todo el convento retumbaba a diario con la cuantía de su dote que, según las monjas, debía de andar por los seis millones. ¡Qué triunfo para la religión si una joven tan rica renunciaba al siglo y dedicaba sus millones a edificar conventos! La hermana Gerlat, la monja pobre y, además, hija de un molinero, cosa de la que todo el mundo estaba enterado en el convento, mandaba todos los lunes copiar a Valentine un capítulo de La Filotea de san Francisco de Sales; y, a la mañana siguiente, la joven tenía que explicarle el capítulo a la monja pobre, como si esta no hubiera sabido nada de lo que se trataba en el libro. Todos los jueves, Valentine copiaba un capítulo de la Imitación de Cristo, que también tenía que explicar a la mañana siguiente. Y la monja, a quien una vida desdichada había enseñado el sentido auténtico de las palabras, no le toleraba a la joven en esas explicaciones ni una expresión inconcreta, ni una palabra que no explicase con claridad lo que pensaba o sentía la alumna. Habrían castigado con severidad a la monja y a la alumna si la superiora se hubiera enterado de aquel enredo. Lo que está prohibido por encima de todo en los conventos bien pensantes son las amistades personales: podrían aportar a las almas cierta energía.