Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Incluso antes de aquella carcajada tan cruel, sobre todo por la importancia que parecía darle el señor Delangle, Valentine, al oír hablar en sociedad, como cosas admitidas, de hechos o de ideas que habrían causado espanto en el convento, se había dicho que necesitaba, para no perder la fe en compañía tal, imponerse la obligación de no pensar nunca en algunas de las cosas que allí se oían.
Quizá le parezca al lector que nos extendemos de forma un tanto excesiva en las ridiculeces de la época actual, que es probable que no tarden en quedar suprimidas dentro unos cuantos años; pero el hecho es que Delangle no pudo dar con ninguna profesora de historia que se aviniera a enseñar esa ciencia basándose en otros libros que no fuesen los que se alaban en La Quotidienne.
—No tardaríamos en quedarnos sin una sola alumna —le contestaron esas profesoras— e incluso se meterían con nuestra moralidad si se llegara a saber que utilizamos otros libros que no sean los que se leen en los conventos del Sagrado Corazón.
Al fin encontró Delangle a su sacerdote irlandés anciano, el venerable padre Béryl, que tomó a su cargo enseñar a la señora Boissaux cuanto había acontecido en Europa desde el año 1700.