Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Sin mala intención, llevado solo por la zafiedad de su carácter, el señor Boissaux aludió dos o tres veces durante la velada a la carcajada que había acogido aquella estampa de Diderot y De Holbach compartiendo la suerte de Cartouche y de Mandrin. A Boissaux lo horrorizaba tanto más aquel fallo cuanto que él temía siempre caer en uno por el estilo. De hecho no hacía ni dos años que había trabado conocimiento con aquellos dos apellidos barrocos: Diderot y De Holbach; y lo que lo aterraba aún más era que, cuando se celebró aquella cena en que los conocimientos históricos de su mujer tropezaron con tan funesto escollo, él creía que el Ensayo sobre las costumbres era de Rollin. ¿Es acaso preciso decir que, al día siguiente mismo, se fue a París a encargar seiscientos volúmenes con los cantos dorados y se empeñó en llevarse personalmente a Viroflay en el coche un espléndido ejemplar de Voltaire? La encuadernación de cada uno de esos tomos costaba veinte francos. Colocó en el acto, de forma permanente encima de su escritorio, entre los efectos comerciales, y abierto por la página 150, el primer tomo del Ensayo sobre las costumbres.