Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Los reproches de su marido le revolucionaron la cabeza a Valentine. No leía una carta o dos de Voltaire todas las noches, antes de apagar las velas, sino no menos de doscientas o trescientas páginas. A decir verdad, le resultaban incomprensibles muchas cosas. Se quejó de ello a Féder, que le trajo el Diccionario de la etiqueta y las Memorias de Dangeau adaptadas por la señora de Genlis. La dulce Valentine se convirtió en una entusiasta de las obras de la desabrida señora de Genlis; le gustaban por sus propios defectos. No estaba necesitada de emociones, sino de instrucción positiva.
El buen humor campechano de Boissaux, las excelencias de su cocinero, el empeño que ponía en servir siempre las frutas y verduras primerizas y la asombrosa hermosura de su mujer consiguieron establecer en quienes salían de la Bolsa la costumbre de ir a cenar a Viroflay. El secreto y todopoderoso atractivo que tenía aquella casa para las personas acaudaladas que a ella acudían era que nada pretendía allí alarmar las vanidades. Podía considerarse que Boissaux, y sobre todo Delangle, se hallaban entre los más hábiles en el arte de comprar cualquier cosa allí donde estuviera barata y de transportarla a toda velocidad al sitio en que estuviera más cara. Pero, si dejamos de lado esa magna arte de ganar dinero, Boissaux era tan ignorante que no había vanidad alguna que pudiera padecer a su lado.