Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Como vivía entre personas adineradas, Valentine llegó al siguiente pensamiento, notable por la justicia distributiva que había en él: «Pagamos a diario ochenta o cien francos por un palco en un espectáculo, por un gusto que con frecuencia lleva bastante parte de aburrimiento y que dura una hora o dos: y, si siento un gusto, tan fuerte a veces, cuando leo estos preciosos libros de mi marido, ¿a quién se lo debo sino a aquella buena monja, la hermana Gerlat, quien, en vez de atontarme la inteligencia sistemáticamente, me hizo estudiar en el convento aquella sublime Imitación de Cristo y aquella deliciosa Filotea de san Francisco de Sales?». Al día siguiente de habérsele ocurrido la idea, al ver que su marido mandaba a Burdeos, en funciones de correo, a uno de sus encargados, Valentine pidió cien napoleones a su hermano y encomendó al encargado que fuera a ver al locutorio a aquella buena monja, la hermana Gerlat, y le entregase aquel recuerdo con el que podría conseguir que la considerasen más en el convento.