Narraciones y esbozos

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«Si me siento —se dijo—, no podré volver a levantarme. ¡Esta casa es tan pequeña y esas personas, tan zafias! Son capaces de venir aquí después de cenar… Ay, tengo que irme a París esta misma noche, y, mañana, a Burdeos; es la única forma de salvar mi reputación».

La pobre mujer lloraba a mares, pero no tenía ya fuerza para sostenerse en pie; necesitó más de media hora para llegar, apoyándose en los muebles, a un invernadero que estaba al lado de su dormitorio. Apoyándose en los cajones de unos cuantos naranjos que el frío había matado el invierno anterior y aún no habían sustituido por otros, llegó al fondo del invernadero y se ocultó tras una especie de junco americano que tenía seis pies de alto y un centenar de tallos. Allí se atrevió a decirse por primera vez: «¡Ha muerto! ¡Nunca volverán ya a verlo mis ojos!». Quiso apoyarse en el macetero de madera del junco americano; pero no tuvo fuerza para agarrarse, quedó tendida por completo en el suelo y a esa postura le debió que no la viera su marido quien, preocupado por su ausencia, fue a buscarla minutos después.





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