Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Valentine, que había conseguido sentarse entre el polvo, con la cabeza apoyada en un jarrón grande, estuvo así media hora larga, con los ojos cerrados y medio desvanecida. De vez en cuando, le corría despacio una lágrima por la mejilla; decía a medias estas palabras: «¡No lo volveré a ver!». Por fin se dijo: «Mi primer deber consiste en salvar el honor de mi marido; tengo que pedir el coche e irme a París sin que me vea nadie… Si una sola de las personas que estaban cenando me ve en este estado, mi pobre marido está deshonrado para siempre».
Valentine empezaba a percatarse de cuán espantoso era aquel pensamiento, pero carecía por completo de fuerzas para ir a buscar al cochero; no quería que la viera nadie más que él. Era muy entrado en años, lo había enviado el dueño de la casa de alquiler que proporcionaba a su marido un coche. «Si mando que le den dinero a ese hombre, o incluso que le indiquen algo a su jefe, me sería posible no volver a verlo —se dijo—; y, a lo mejor, si no vuelve mañana, no sabrá nunca el horrible acontecimiento; mientras que, si me ve uno solo de mis criados, estoy perdida».