Narraciones y esbozos

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Este pensamiento le permitió a Valentine un esfuerzo desesperado: agarrándose a la esquina del macetero de uno de los naranjos, consiguió ponerse de pie. Luego, con inconcebibles esfuerzos, fue a su cuarto a coger un chal, que se echó por la cabeza como si tuviera frío. «Le diré al cochero que me ha entrado un escalofrío y un ataque de fiebre y que, para que mi marido no se preocupe, quiero irme en el acto a París».

Para llegar a la cochera sin entrar en la casa, Valentine, que había vuelto a pasar por el invernadero, abrió una de las ventanas de cristalera que daban al jardín; pero el esfuerzo que tuvo que hacer para abrir la contraventana la dejó casi sin fuerzas; estaba inmóvil en el umbral de la puerta cristalera cuando oyó que andaban cerca de ella despacio y como con cuidado. Sintió un gran temor; estaba tapándose la cara con las manos y volviendo a meterse en el invernadero cuando el hombre, que iba pegado a la pared, llegó delante de la puerta. Al verla abierta, tuvo el atrevimiento de entrar. Apartando un poco las manos y destapándose algo la cara, Valentine, airada, miró a ver quién podía ser aquel indiscreto. Era Féder.

—¡Ay, mi único amigo! —exclamó arrojándose en sus brazos—. ¡Así que no se ha muerto!

(Esta historia debería quizá acabar aquí).


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