Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Para demostrar que Féder no era en el fondo sino eso que llaman en París un sandio, bastará con fijarse en que, para luchar contra todas las ventajas que acabamos de enumerar, necesitaba distraerse. La clave de todo lo dicho es que le parecía poco honrado seguir haciendo retratos sabiendo que los hacía mal; y eso que mucho podría decirse de esa palabra: «mal»; la tres cuartas partes de las personas que viven en París pintando miniaturas estaban en talento muy por debajo de Féder. Lo que aumentaba sus ridículos escrúpulos era que, aunque le contaba fielmente a Rosalinde cuantas ideas se le ocurrían, no la había hecho partícipe del fatal descubrimiento que le debía al hecho de haber mirado atentamente los retratos de la señora de Mirbel.