Narraciones y esbozos

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Hasta ese momento, Féder no había sido más que un fatuo, demasiado orgulloso, en el fondo, de la fortuna paterna. Pero, por ventura, la pretensión de ser algún día un artista famoso lo había llevado a leer amorosamente a Malvasia, Condivi y a los demás historiadores de los grandes pintores italianos. Casi todos fueron pobres y muy poco intrigantes y los maltrató mucho la fortuna; sin darse cuenta, Féder se había acostumbrado a considerar bastante dichosa una vida colmada de pasiones ardientes y poco preocupada por las desdichas de dinero e indumentaria.

Al morir su mujer, Féder vivía, en una cuarta planta, en un pisito amueblado en casa del señor Martineau, zapatero de la calle de Taibout, que disfrutaba de aceptable holgura y tenía, además, el honor de ser cabo en la guardia nacional. La madrastra naturaleza no le había dado al señor Martineau más que la estatura, muy poco marcial, de cuatro pies y diez pulgadas; pero el artista del calzado halló forma de compensar esta chocante desventaja: se hizo unas botas con tacones de dos pulgares de alto, a lo Luis XIV, y solía llevar un soberbio morrión de piel de una altura de dos pies y medio. Así ataviado, tuvo la fortuna de pescar una bala en el brazo en alguna de las algaradas parisinas. Aquella bala, sobre la que meditaba continuamente el tal Martineau, le cambió el carácter y lo convirtió en hombre de pensamientos elevados.


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