Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Cuando Féder perdió a su mujer, le debía cuatro meses de alquiler al señor Martineau, es decir, trescientos veinte francos. El zapatero le dijo:
—Es usted desdichado y no quiero molestarlo. Retráteme de uniforme, con el gorro reglamentario, y quedamos en paz.
Aquel retrato, de un parecido repugnante, fue la admiración de todas las tiendas de los alrededores. El cabo lo colocó muy cerca de esa luna transparente que la moda inglesa dispone que haya en la fachada de los comercios. Toda la compañía a la que pertenecía Martineau acudió a admirar la pintura aquella y a unos cuantos guardias nacionales se les ocurrió la luminosa idea de fundar un museo en la tenencia de alcaldía de su distrito. Aquel museo debía componerse de los retratos de todos los guardias nacionales que hubieran tenido el honor de recibir una herida o morir en combate. La compañía contaba con otros dos heridos; Féder los retrató, siempre con un parecido abominable, y, cuando surgió la cuestión del pago, contestó que se había sentido muy honrado al reproducir los rasgos de «dos grandes ciudadanos». Aquella frase fue su fortuna.