Narraciones y esbozos

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Féder, que no renunciaba al privilegio de las personas de buena educación, se reía por lo bajo de los honrados ciudadanos con quienes trataba; pero la glotona vanidad de aquellos héroes se tomaba al pie de la letra todos los halagos. Varios guardias nacionales de la compañía y, después, del batallón, se echaron la siguiente cuenta: «Pueden herirme e, incluso, como el ruido de los tiros tiene en mí una influencia sorprendente y me enardece y me anima a hacer grandes cosas, sería muy posible que un día me matasen; y, en tal caso, mi gloria requiere que ya esté acabado mi retrato y puedan colocarlo en el museo honorífico de la segunda legión».

Antes de que su padre se arruinara, Féder nunca había hecho retratos cobrando: ahora que era pobre, decidió que sus retratos le costarían al público cien francos, y solo cincuenta a los valientes guardias nacionales. Esta información es prueba de que Féder había adquirido cierta maña desde que la ruina de su padre lo obligó a renunciar a hacer gala de la vanidad del artista. Como era de carácter muy afable, se puso de moda en la legión invitar a cenar al joven pintor el día de la inauguración de aquel retrato que iba a permitir al cabeza de familia aspirar a la inmortalidad.



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