Narraciones y esbozos

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Rosalinde estaba más celosa que Otelo: tan pronto pasaba días enteros sin abrir la boca como aquella mujer de modales tan corteses y de carácter tan dulce estallaba en violentos reproches y sus hechos correspondían a sus dichos. Sobornaba, por ejemplo, a los criados de Féder y, para evitar riñas, este había despedido al groom[11] y se veía en la necesidad de ocultarse de su ayuda de cámara. Dejaba el caballo en la cuadra de un comerciante en caballos de los Campos Elíseos; y, pese a precauciones tan fastidiosas y a muchas otras, Rosalinde conseguía enterarse de todo lo que hacía. Aquella gentil bailarina siempre había sido devota. ¿No distaba mucho todo el mundo de creer que en una bailarina pudiera darse esa virtud? Desde que se le habían metido los celos en el corazón se había vuelto supersticiosa; se pasaba el día en la parroquia, les daba mucho dinero a los curas para las necesidades de la iglesia y anunciaba su intención de dejar el teatro. Gente hábil la había embaucado con la esperanza de que, tras ese trámite, la admitirían en una sociedad de mujeres devotas a la que pertenecían apellidos de mucha alcurnia. Pensaba que así incitaría a Féder a que se casara con ella antes de haberse labrado una fortuna personal. Solo consiguió con esos actos vejatorios meterle en la cabeza la idea de irse de París para siempre. Féder temblaba al pensar que podría ir a Viroflay a organizar una escena. ¡Qué partido le habría sacado Delangle a un comportamiento así con las sospechas que ya tenía!


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