Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Transcurrieron así dos meses enteros. Féder, perdidamente enamorado, no se apartó en modo alguno de las normas de la prudencia más austera. En todas las entrevistas cambiaba de arriba abajo la idea que de él tenía Valentine. En la forma de ser de esta, tan sencilla y modesta, se veían ahora las disparidades más extrañas. Por ejemplo, en los primeros tiempos de su estancia en París oía con claro desagrado el relato de los alocados gastos en que caían las mujeres de los caballeros adinerados. Ahora imitaba a esas señoras en las partes más extravagantes de su comportamiento. Un día, por ejemplo, su marido tuvo una pelotera con ella porque, en una sola mañana, mandó a cuatro criados de Viroflay a París: tenía que tener antes de la hora de la cena determinado vestido de la señora Delisle.
—¡Y encima hoy no esperamos a nadie a cenar!
El señor Boissaux no contaba a Féder: era el amigo de la casa y, por ciertos indicios, Valentine contaba con que viniera a cenar aquella noche. El vestido llegó a las cinco y media; pero Féder no se presentó y Valentine estuvo a punto de volverse loca. Distaba mucho de imaginar las ideas y las exigencias, crueles con frecuencia, que llevaban imperiosamente las riendas del comportamiento de aquel enamorado que nunca le decía que la amaba.