Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Daban las doce en el reloj del palacio; iba a concluir el baile. La duquesa recorría con expresión alterada los paseos del jardín inglés, al que daban luz de sobra las estrellas resplandecientes de una noche de verano en Italia y la claridad que salía por los ventanales del salón.
«¡Así que voy a quedarme sin todo cuanto quiero!», se repetía en voz baja y entrecortada; y se paraba de pronto cuando uno de los calveros del jardín le permitía vislumbrar con claridad los ventanales del salón y, a través de los cristales, a los grupos que bailaban. «¡A ver si aparece la condesa! No, la tiene sujeta la charla huera de ese odioso polaco. ¡Poloski, Poloski, cuántos disgustos me llevo por su culpa y cuánto lo aborrezco!».
Luego, al no poder ya controlar lo que hacía, la duquesa se acercó a los ventanales. Solo una mata de [un espacio en blanco en el original] la ocultaba a la vista de los que bailaban; los ojos, enrojecidos y húmedos de lágrimas de ira, parecían internarse con avidez en los suntuosos salones y buscar en ellos a su víctima.