Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Entre tanto, esa víctima, el tan envidiado Poloski, era casi tan desdichado como la duquesa. Solo había estado un momento junto a la joven Bianca. Siempre que se hallaba en su presencia, notaba un estado de tensión y se hundía en el silencio; y entonces le parecía que todos los ojos leían en los suyos el amor que sentía; o, si quería hablar, el fuego que lo devoraba se transmitía a las palabras que decía y le daban casi talante de loco, que era, de todos los talantes, el que más podía molestar a la condesa. Aunque apenas había llegado a la flor de la edad, una serie de desdichas inauditas había dado a aquella hermosa mujer toda la apariencia de la melancolía más noble, más honda y, en ocasiones, más tierna. Me parece que, a la sazón, no ponía esperanza alguna en el trato mundano (ni tampoco casi en la naturaleza humana); era como si hubiese renunciado a hallar en ellos lo que su corazón necesitaba. Yo, que la conocí mucho después y cuando ya había vuelto a ser feliz, vi a menudo en ella huellas de aquella antigua forma de ser. Los demás sufrían porque notaban que era desdichada y, sobre todo, porque se creía desdichada para siempre, pero era imposible concebir una expresión que conviniera mejor a aquellos rasgos nobles y serios que le había concedido la naturaleza. Si hubiera sido presumida, le habrían aconsejado que fuera melancólica para ser cada vez más hermosa. La comtessina[13] Bianca tenía ante todo esa expresión de tristeza imponente, y casi trágica podría decirse, que, en las hermosas formas de las cabezas italianas, va unida tantas veces a la hermosa curva de las narices aquilinas. Tenía también algo singularmente notable en la forma de mover aquellos ojos tan dulces. Era un algo como despacioso y con un toque que imponía, que solo le he visto a ella y no sé cómo describir. Esa peculiaridad resultaba de lo más natural y parecía depender de la forma de los rasgos, aunque era, sin embargo, como si, de tan convencida como estaba de que no existía ya dicha alguna para ella, no mirase nada con vivacidad porque sabía de antemano que nada de lo que pudiera ver iba a hacerla feliz.