Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Pues bien, he mirado con microscopio lo que sucedió en mi alma esos dos días memorables de mi vida, el 21 y el 22 de julio de 1822. Le he contado a mi lector, con total candidez, cuanto pensé y sentí. Así me conoce ya un poco, sabe que tengo casi treinta y siete años. Soy un hombre bastante apuesto; tengo el pelo y los ojos muy negros. Muy aficionado a la caza; pero desde hacía mucho no era tanto el gusto por cazar lo que me movía a declararles la guerra a las perdices de los alrededores sino el hecho de carecer del dinero necesario para dedicarme a algún pasatiempo más grato. A menudo, al ver una preciosa ave a tiro de mi escopeta, me he dicho: «Voy a convertir a ese ser tan bonito y tan limpio en un cuarto de libra de carne muerta»; y, en vez de disparar, me he acercado despacio e intentado observarla de cerca sin espantarla. Es este uno de los rasgos de mi vida que más han mermado el aprecio que pudieran sentir por mí mis vecinos. Como tengo la imaginación tierna e imprudente, un día en que le había perdonado la vida a un bonito corzo que se me acercaba a trote corto, tuve la debilidad de contarle lo que había hecho a una agraciada joven de la que estaba enamorado; pero tenía un alma vulgar; se rio ella de mi sandez y la contó en sociedad. Me di cuenta ese día de que me había vuelto a equivocar. Dos meses después fue cuando aproveché la oportunidad de ir a América sin gastar ni una guinea.