Narraciones y esbozos

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—Bien, pues, para empezar —siguió diciendo Rosalinde—, te vistes con demasiada brillantez; sigues de cerca las modas alegres. ¿Es que ya no te acuerdas de tu «desgracia»? Tienes que seguir siendo el marido inconsolable de la hermosa Amélie, tu esposa. Si tienes aún valor para soportar la vida es para ganar el pan para esa imagen de sí misma que te dejó. Te voy a preparar un atuendo de lo más distinguido y que desesperará a los jóvenes del Club-Jockey si alguna vez se le ocurre a alguno la pretensión de imitarlo. Todos los días, antes de que salgas, haré lo que hace un general con sus soldados, te pasaré revista por fuera. Además te voy a suscribir a La Quotidienne[4] y a la colección de las obras de los Santos Padres. Cuando tu padre se fue de Núremberg, era noble. El señor von Féder. En consecuencia eres noble; así que sé creyente. Aunque vivas de forma desordenada, tienes todos los sentimientos de una acendrada piedad, y eso es lo que, más adelante, traerá consigo y santificará nuestra boda. Si estás dispuesto a pedir por los retratos que hagas cincuenta luises y a no faltar nunca, bajo ningún pretexto, a tus obligaciones de cristiano, tienes un porvenir brillante. Mientras llega ese éxito asegurado que conseguirás con ese comportamiento un tanto latoso que me comprometo a hacerte seguir, quiero disponer con mis propias manos el piso donde recibirás a las jóvenes que no tardarán en disputarse el placer de que las pinte un hombre tan peculiar y tan guapo. Cuenta con que ese piso lo impregnará la tristeza más austera; porque, mira, si no quieres ir triste por la calle tendrás que renunciar a todo en absoluto y condenarte a la desdicha de casarte conmigo hoy mismo. Voy a dejar mi casa de campo; buscaremos una a veinticinco leguas de París, en algún rincón perdido. Habrá que pagar gastos de posta; pero salvaremos tu reputación. Allí, entre los buenazos de provincias del vecindario, podrás hacer tantas locuras como te lo pida tu carácter de hombre del sur; pero, en París y sus alrededores, tienes que ser, ante todo y para siempre, el marido inconsolable, el hombre bien nacido y el cristiano pendiente de sus obligaciones, al tiempo que vives con una bailarina. Aunque yo sea muy fea y tu Amélie fuera muy guapa, tienes que dar a entender que, si me has mirado con buenos ojos, es porque me parezco a ella y que el día en que te dio un vahído en la Ópera —Rosalinde se le arrojó en los brazos— fue porque, en el ballet en que actuaba yo, acababa de hacer un ademán completamente igual a uno de los que hacía Amélie en el papel del marinerito.


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