Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Era precisamente para llegar a una conversación como aquella para lo que Féder se habÃa pasado una hora aburriéndose el dÃa del desmayo entre bastidores en la Ópera; pero distaba mucho de esperarse un régimen tan severo. ¡Cómo! ¡Él, que era por naturaleza tan animado y tan alegre, interpretar el papel de un melancólico!
—Antes de contestarte, adorada mÃa —le dijo a Rosalinde—, permÃteme que me lo piense unos cuantos dÃas. Hazme desgraciado —le decÃa— si quieres verme andar triste por el bulevar[5].
—Haz como yo cuando empecé mi carrera —le dijo Rosalinde—. Entonces el público era muy tonto y habÃa que bailar con los pies en dehors; y, a cada paso, tenÃa que fijarme en cómo ponÃa los pies, diez minutos de paseo despreocupado me dejaban en dedans[6] para una semana. Por lo demás, o lo tomas o lo dejas: si no te metes de cabeza en una expresión melancólica y si no lees La Quotidienne a diario de forma tal que puedas repetir, si menester fuere, todos sus argumentos cuando participes en las conversaciones serias, nunca llegarás al Instituto, nunca tendrás quince mil libras de renta, y me matarás de dolor —añadió, risueña—, porque nunca me convertirás en la señora Féder.