Narraciones y esbozos

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Las tropas napolitanas llegaron a Foligno y requisaron unos cuantos cientos de caballos para llevar sus equipajes. El comandante de aquella división, para ponerse a bien con el partido pontificio, me pidió el mío; le respondí que se lo pidiera a otros, pues, como yo estaba a disposición del gobierno y este podía mandarme en cualquier momento que me pusiera de camino, necesitaba mi caballo. Pocos días después me detuvieron por la calle, delante de todos, por orden de ese mismo oficial, y, mientras la guardia nacional me llevaba a la cárcel, el pueblo decía a voces:

—Ese es el primero; abre la marcha, pero otros no tardarán en seguirlo.

Pero todos mis amigos fueron en el acto a protestar al comandante con gran vehemencia por aquella medida que había puesto mis días en peligro; este se disculpó diciendo que él no había ordenado que me detuvieran; acudió personalmente a ponerme en libertad y me estrechó afectuosamente la mano. No dejé de darle a entender que había en aquella conducta caprichosa suya una ligereza que desdecía de su grado.




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