Narraciones y esbozos

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—No sabes cuánto me alegra ver que te las apañas solo; has llegado a dar con algo que he estado tentada de decirte veinte veces; es el principio fundamental de mi oficio de cómica. Pero prefiero con mucho que hayas llegado a notarlo tú solo. Bien, Féder, queridito, no es solo teatro melancólico lo que hay que hacer; vosotros, los del sur que queréis vivir en París, tenéis que hacer teatro siempre; ni más ni menos, tesoro mío. Vuestro aspecto alegre y animado y la rapidez con que contestáis molestan a los parisinos, que son, por naturaleza, animales lentos y con el alma empapada de niebla. Vuestro júbilo los irrita; parece que pretende hacerlos parecer viejos, que es lo que más aborrecen. Así que, para vengarse, os llaman zafios e incapaces de disfrutar de los dichos ingeniosos que son la pesadilla de la felicidad de los parisinos. Por lo tanto, queridito, si quieres triunfar en París, en los ratos en que no hables adopta el toque de esa expresión desventurada y desanimada que se le ve al hombre que nota un amago de retortijones. Mitiga esa mirada vivaracha y feliz que es tan espontánea en ti y me hace tan dichosa. No te permitas esa mirada, tan peligrosa en este lugar, más que cuando estés a solas con tu amante: en cualquier otro sitio, piensa en el amago de retortijones. Mira ese cuadro de Rembrandt que tienes; fíjate en lo cicatero que es para la luz; los pintores decís que por eso impresiona tanto. Pues bien, no digo ya para triunfar en París, sino sencillamente para que lo toleren a uno y que no acabe por ver cómo la opinión pública lo tira por la ventana, hay que cicatear esa expresión alegre y esos movimientos veloces que traéis del sur; acuérdate de Rembrandt.


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