Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos —Pero, ángel mÃo, me parece que hago honor a la maestra que me hace feliz al enseñarme a estar triste. ¿Sabes lo que me pasa? Que lo hago demasiado bien: esos desdichados a los que pinto tienen una pinta aún más aburrida que de costumbre: se hartan de mi conversación melancólica.
—Efectivamente —exclamó Rosalinde encantada—, se me habÃa olvidado comentártelo; me ha llegado por varios sitios que te reprochan que estés triste.
—Dejarán de acudir a mÃ.
—Pinta tal y como las ves a todas las mujeres de menos de veintidós años; atrévete a ponerles veinticinco a todas de las treinta y cinco; y a las bondosas abuelas que van a que las retrates con el pelo blanco, atrévete a ponerles ojos y boca de treinta años. En esto me pareces de un apocamiento muy torpe. Y eso que es la be con la a, ba de tu oficio. Saca terriblemente favorecida, como si quisieras burlarte de ella, a esa buena gente que te pide que la pintes. No hace ni ocho dÃas, cuando retrataste a aquella señora anciana que tenÃa unos galgos tan bonitos, aparentaba cuarenta y cinco años y eso que solo tenÃa sesenta; me di perfecta cuenta por esa mirilla que hay, para que yo la use, en el borde del cuadro de Rembrandt, que estaba muy descontenta; y por eso, porque la hacÃas parecer de cuarenta y cinco años, fue por lo que te hizo repetir dos veces el peinado.