Narraciones y esbozos

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«Ya hemos llegado al momento fatídico —se dice Sancha—. Este hombre va a decidir que doña Inés y yo vivamos o muramos. Me es muy leal; pero esta noche, con el susto del fantasma y el de la daga de don Fernando, sabe Dios qué va a decir».

Zanga, a quien don Blas zarandeaba violentamente, lo miraba con ojos pasmados y sin contestar. «Ay, Dios mío —pensó Sancha—, van a obligarlo a prestar juramento de que dirá la verdad; y, con lo beato que es, nunca consentirá en decir una mentira». Dio la casualidad de a que don Blas, por no estar en su tribunal, se le olvidó pedir al testigo que prestase juramento. Por fin a Zanga lo iluminaron el extremado peligro y las miradas de Sancha, y el propio exceso de miedo lo decidió a hablar. Bien por prudencia o porque estuviera realmente alterado, hizo una narración muy liosa. Contaba que Sancha lo había llamado para que volviera a hacerse cargo del arca que había traído poco antes del palacio de su merced el director de la policía, y le había parecido mucho más pesada. Como no podía más de cansancio, al pasar junto a la tapia del cementerio, la apoyó en el parapeto. Le habló al oído una voz quejumbrosa y salió huyendo.




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