Narraciones y esbozos

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La policía de Berlín lo vigilaba de cerca y el conde de Vanghel no se ocupó ya sino de sus meditaciones filosóficas y de Mina, su hija única. Murió pocos años después, joven aún, dejándole a su hija una inmensa fortuna y dejándola también en desgracia en la corte, lo que no es baladí en la orgullosa Germania. Cierto es que, como pararrayos contra esa desdicha, Mina de Vanghel contaba con uno de los apellidos más nobles de la Alemania oriental. Solo tenía dieciséis años; pero lo que por ella sentían ya los militares jóvenes con los que se trataba su padre rayaba en la veneración y el entusiasmo. Les gustaba el temperamento novelesco y adusto que le brillaba a veces en la mirada.

Trascurrió un año, pero el dolor que había sentido al morir su padre no iba a menos. Los amigos de la señora de Vanghel empezaban a pronunciar la terrible expresión «enfermedad del pecho». Empero, nada más quitarse el luto, Mina tuvo que hacer acto de presencia en la corte de un príncipe soberano con el que le cabía el honor de tener cierto parentesco. Al salir camino de C., capital de los estados del gran duque, la señora de Vanghel, a quien tenían asustada las ideas novelescas de su hija y su hondo dolor, tenía la esperanza de que una boda conveniente y, quizá, algo de amor, le devolverían los pensamientos propios de su edad.

—¡Cuánto me gustaría verte casada en esta tierra! —le decía.


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