Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos —¡En esta tierra ingrata! En una tierra —le contestaba su hija con expresión pensativa— en donde mi padre, como pago de sus heridas y de veinte años de entrega abnegada, no halló sino la vigilancia de la policÃa más vil que existir pueda. ¡Nunca! No, mamá, preferirÃa cambiar de religión e ir a morir, monja, en lo más recóndito de un convento católico.
Mina no sabÃa de las cortes más que lo que decÃan las novelas de su compatriota Auguste Lafontaine[33]. Hay cuadros del Albano[34] que brindan con frecuencia los amores de una rica heredera que el azar deja expuesta a que la seduzca un joven coronel, ayudante de campo del rey, de mala cabeza y buen corazón. Aquel amor nacido del dinero horrorizaba a Mina.
—¡Qué puede haber más vulgar y más adocenado que la vida de una pareja asà después de un año de matrimonio, cuando el marido, merced a esa boda, ya es jefe de estado mayor y la mujer dama de honor de la princesa heredera! —le decÃa a su madre—. ¿Qué es de su dicha si padecen una bancarrota?