Narraciones y esbozos

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—¿Será posible que diga aún cosas así? —exclamó Rosalinde cuando se alejó el amigo—. Eso retrasa tres años su ingreso en el Instituto. ¡Parece como si hallara gusto en asesinar la consideración que estaba a punto de nacer! No mencione nunca nada en que trascienda el hábito de ahorrar. No mencione nunca lo que, en ese momento, le interese mínimamente; esa flaqueza puede tener las consecuencias más deplorables. ¿Acaso es tan difícil estar siempre haciendo teatro? Interprete el papel del hombre afable y pregúntese siempre: «¿Qué le gustará a ese individuo que tengo delante?». Fue el príncipe de Mora-Flórez, que me dejó cien mil francos en su testamento, quien me repetía a menudo ese precepto. Había intuido usted con mucho acierto, cuando vivía con aquellos guardias nacionales suyos de la legión, que el parisino que llega de Siberia tiene que decir que no hace allí demasiado frío, de la misma forma que tendría que exclamar, al llegar de Santo Domingo, que la verdad es que no hace allí demasiado calor. Lo que me estaba diciendo, en pocas palabras, es que, en esta tierra, para gustar, hay que decir lo contrario de lo que espera oír el interlocutor. ¡Y es usted quien se pone a hablar de una cosa tan mísera como el precio de un par de guantes! Su estudio le produjo el año pasado cerca de diez mil francos; he convencido a nuestro amigo Valdor, uno de los ocho de una oficina de corredores de bolsa, que lleva mis asuntos, de que, tras descontar todos los gastos, le quedaban a finales de año doce billetes de mil francos, que yo he dejado en depósito en su negocio, en una cuenta privada. Milord Kinsester[8] —era el mote de Valdor— ha divulgado entre toda la gente de nuestro mundo la información de que el estudio le reportaba a usted más de veinticinco mil francos; ¡y se pone a hablar admirado del franco y medio que cuesta un par de guantes!


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