Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Un día, Rosalinde se enfadó muy en serio. Féder se portaba como es debido con ella; no tenía queja, aunque lloraba muchas veces: pero Féder, al pagarle trescientos diez francos con setenta y cinco céntimos, rebuscaba en los bolsillos del chaleco para darle los setenta y cinco céntimos. Hay que saber que, cuando se fue él a vivir con Rosalinde que tenía un piso espléndido en el bulevar, cerca de la Ópera, convinieron que no le pagaría la mitad de los ocho mil escudos que costaba aquella espléndida vivienda, sino los seiscientos veintiún francos con cincuenta céntimos que costaba el pisito de soltero, en una quinta planta, del que se había mudado por Rosalinde. Al pagar un semestre del pisito era cuando estaba dando pruebas de un rigor tan desconsolador para Rosalinde.
—La verdad —decía ella con los ojos llenos de lágrimas— es que lleva al día sus cuentas menudas conmigo como si estuviera a punto de dejarme. Me doy cuenta de que quiere poder decirles a sus amigos: «He querido a Rosalinde»; y quizá incluso: «Viví con ella tres años; tengo mucho que agradecerle; consiguió para mis paneles de miniaturas los mejores sitios en las exposiciones; pero, en fin, en cuanto al dinero propiamente dicho, siempre hemos sido como hermanos».