Narraciones y esbozos

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Hay que saber que, en cuanto Féder, cuya reputación como pintor de miniaturas y como enamorado inconsolable de su primera mujer progresaba a pasos de gigante, se vio con unos cuantos billetes de mil francos, se le despertó el talento del comercio. En la primera infancia, había aprendido en casa de su padre el arte de la especulación y de llevar nota de los negocios realizados. Féder jugó a la bolsa, especuló luego con el algodón, con el azúcar, con el aguardiente, etc.; ganó mucho dinero; después perdió cuanto tenía en la crisis americana del algodón; en pocas palabras, le quedaban, por todo beneficio de tres años de trabajo, el recuerdo de las hondas emociones que le habían aportado las pérdidas y las ganancias. Aquellos altibajos le maduraron el alma y le enseñaron a ver la verdad en lo que a su persona se refería. Un día, en la exposición del Louvre, vestido de negro, como correspondía a su forma de ser circunspecta, se mezcló con la muchedumbre de admiradores que estaban parados ante su panel de miniaturas. Merced a la habilidad de Rosalinde, habían mencionado sus obras con embeleso en diecisiete artículos sobre el Salón; y los entendidos, agrupados ante sus miniaturas, repetían con gran exactitud, haciendo como si se les fueran ocurriendo a ellos, las frases de los periódicos. Féder era tan poco del siglo en que vivía que aquella circunstancia lo asqueó. Dio unos pasos y llegó al panel de la señora de Mirbel; trocó la penosa sensación de asco por la de una admiración auténtica. Por fin, se detuvo, como si le hubiera caído un rayo, ante un retrato masculino.


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