Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Se imaginaba el fastidio de presentarse al dÃa siguiente ante un comisario de policÃa, las bromas de sus compañeros, los relatos satÃricos de los periódicos de la comarca. «La arrimaré a la puerta de una casa —se dijo—, llamaré y me iré corriendo». En esas estaba, cuando oyó a aquella mujer quejarse en español. No sabÃa ni palabra de español. Por eso quizá dos palabras muy sencillas que dijo Leonor le inspiraron las ideas más novelescas que darse puedan. Dejó de ver a un comisario de policÃa y a una mujer golpeada; se le extravió la imaginación por pensamientos de amor y de aventuras singulares.
Liéven habÃa levantado a la mujer y le dirigÃa palabras de consuelo. Pero ¿y si era fea?, se preguntó. Aquella duda, al ponerle en marcha el sentido común, le hizo olvidar los pensamientos novelescos.
Liéven quiso sentarla en el umbral de una puerta; ella se negó.
—Vamos más allá —dijo con un acento extranjero a más no poder.
—¿Le tiene miedo a su marido? —dijo Liéven.
—¡Ay de mÃ! Dejé a mi marido, al más respetable de los hombres, y que me adoraba, por un amante que me echa con la barbarie más extremada.
Aquella frase hizo que Liéven se olvidara del comisario de policÃa y de las consecuencias desagradables de una aventura nocturna.