Narraciones y esbozos

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—Me han robado, caballero —dijo Leonor instantes después—, pero caigo en la cuenta de que me queda una sortijita de brillantes. A lo mejor hay alguna hospedería en donde accedan a darme cobijo. Pero, caballero, seré la comidilla de esa casa, porque he de confesarle que no tengo más ropa que una camisa; me postraría de rodillas ante usted, caballero, si no apremiara el tiempo, para suplicarle en nombre de la humanidad que me llevase a una habitación cualquiera y le comprase a alguna mujer del pueblo un vestidillo. Cuando estuviera vestida —siguió diciendo, al animarla a hablar el joven oficial— podría conducirme hasta la puerta de una hospedería pequeña y una vez allí dejaré de exigir los cuidados de un hombre generoso y le rogaré que abandone a una mujer desdichada.

Todo lo anterior, dicho en mal francés, agradó no poco a Liéven.

—Señora —respondió—, voy a hacer cuanto me ordena. Lo esencial no obstante para ambos es que no nos detengan. Me llamo Liéven y soy teniente del 96.º regimiento de artillería; si nos topamos con una patrulla y no es de mi regimiento, nos llevarán al cuerpo de guardia, en donde tendremos que pasar la noche, y mañana usted y yo, señora, seremos la comidilla de Burdeos.

Liéven notó que Leonor, a quien llevaba del brazo, se estremecía. «Esta repugnancia al escándalo es de buen augurio», pensó.


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