Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos —DÃgnese aceptar mi levita —le dijo a la señora—; voy a llevarla a mi casa.
—¡Ay, cielos! Caballero…
—Le juro por mi honor que no encenderé ninguna luz. La dejaré dueña absoluta de mi cuarto y no volveré a aparecer hasta mañana por la mañana. No queda más remedio, porque a las seis llega mi sargento, que es hombre capaz de llamar hasta que le abran. Está usted tratando con un hombre de honor…
«Pero ¿es guapa?», se preguntaba Liéven.
Abrió la puerta de su casa. La desconocida estuvo a punto de caerse al pie de la escalera, porque no daba con el primer peldaño. Liéven le hablaba muy bajo y ella contestaba lo mismo.
—¡Qué mal está esto de traer mujeres a mi casa! —gritó con voz agria una tabernera bastante agraciada, abriendo su puerta con una lamparita en la mano. Liéven se volvió prestamente hacia la desconocida, vio un rostro admirable y le apagó de un soplo la lámpara a la patrona.
—Silencio, señora Saucède, o dejo el cuarto mañana por la mañana. Hay diez francos para usted si está de acuerdo en no decirle nada a nadie. La señora es la mujer del coronel y yo voy a salir otra vez.
Liéven habÃa llegado al tercer piso, a la puerta de su cuarto; estaba temblando.