Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos —Entre, señora —le dijo a la mujer en camisa—. Hay un mechero fosfórico junto al reloj de la repisa. Encienda la vela, haga fuego, cierre por dentro la puerta de la habitación. La respeto como a una hermana y no volveré a presentarme hasta que sea de dÃa; traeré un vestido.
—¡Jesús, MarÃa![40] —exclamó la hermosa española.
Cuando Liéven llamó a su puerta a la mañana siguiente, estaba perdidamente enamorado. Para no despertar demasiado temprano a la desconocida, tuvo la paciencia de esperar a su sargento en la puerta e ir a un café a firmar sus papeles.
HabÃa alquilado una habitación en el vecindario; le traÃa a la desconocida ropa e incluso un antifaz.
—De esta forma, señora, no la veré si asà me lo exige —le dijo a través de la puerta.
La idea del antifaz agradó a la joven española y la distrajo de su honda pena.
—Es usted tan generoso —le dijo sin abrirle— que me permito el atrevimiento de rogarle que deje arrimado a la puerta el paquete de prendas que me ha comprado. Cuando lo haya oÃdo irse, lo cogeré.
—Adiós, señora —dijo Liéven según se iba.
A Leonor la sedujo tanto la prontitud con la que obedecÃa que le dijo casi en el tono de la más tierna amistad: