Narraciones y esbozos

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—Caballero, si puede, vuelva dentro de una media hora.

Cuando volvió, Liéven se la encontró con el antifaz puesto; pero vio unos brazos más hermosísimos, un cuello aún más hermosísimo y unas manos hermosísimas. Estaba embelesado.

Era un joven de buena cuna y que aún necesitaba esforzarse para no mostrarse apocado con las mujeres a quienes amaba. Tuvo un tono tan respetuoso, hizo con tanto encanto los honores de su cuartito, muy modesto, que, cuando se dio la vuelta tras haber colocado un biombo, se quedó paralizado de admiración al ver a la mujer más hermosa que hubiera conocido nunca. La extranjera se había quitado el antifaz; tenía unos ojos negros que parecía que hablasen. Tan enérgicos que quizá resultaban duros en las circunstancias ordinarias de la vida. La desesperación ponía en ellos algo de simpatía; y puede decirse que de nada carecía la hermosura de Leonor. Liéven pensó que podía tener entre dieciocho y veinte años. Hubo un momento de silencio. Pese a su hondo dolor, Leonor no pudo por menos de notar con cierta complacencia el arrobo de aquel joven oficial que le parecía pertenecer a la mejor clase social.

—Es usted mi bienhechor —le dijo al fin— y, pese a su edad y a la mía, espero que siga portándose decorosamente.


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