Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Liéven respondió como puede responder el hombre más enamorado; pero fue lo bastante dueño de sà mismo para negarse la dicha de decir que la amaba. Por lo demás, Leonor tenÃa en la mirada algo tan imponente, parecÃa tan distinguida pese a lo pobre que era la ropa que acababa de ponerse, que le costó menos ser prudente. Más vale ser bobo del todo, se dijo para sus adentros. Cedió a su timidez y se entregó a la celestial voluptuosidad de mirarla sin decirle nada. No podÃa haber hecho nada mejor. Aquella forma de comportarse tranquilizó un poco a la hermosa española. Resultaban muy graciosos, frente a frente, mirándose en silencio.
—NecesitarÃa un sombrero muy de mujer del pueblo —le dijo ella— y que me ocultase la cara; pues por desdicha —añadió riendo casi— no puedo llevar por la calle este antifaz suyo.
Liéven consiguió un sombrero; luego, llevó a Leonor a la habitación que le habÃa alquilado. Lo que ella le dijo lo dejó más alterado y casi dichoso:
—Todo esto puede acabar para mà en el patÃbulo.
—Por servirla —le dijo Liéven, muy impetuoso— me arrojarÃa al fuego. Le he alquilado esta habitación a nombre de la señora Liéven, mi mujer.
—¿Su mujer? —repitió la desconocida, casi enojada.