Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos —¡Vive Dios! —exclamó a voces—. Tengo una hermana que es un prodigio de hermosura; apenas si cumple los veintidós años y es tan diferente de todas las demás mujeres que su marido, el señor Boissaux, ha tenido que traerla a la fuerza a ParÃs, en donde viene él a velar por la buena marcha de la exhibición de su manufactura de ***. Quiero una miniatura de ella; y solo usted, amigo mÃo, es digno de hacer un retrato tan adorable; pero hay una condición, y es que me la tiene que cobrar, cuerpo de Cristo. Ya conozco su exquisitez novelesca, pero también yo tengo mi orgullo; asà que, si no hay dinero, no hay retrato.
—Le doy mi palabra de honor, amigo mÃo —contestó Féder con entonación sencilla y expresión ingenua— de que, si quiere hacerse con una obra en la que haya cuanto pueda proporcionar ahora mismo el arte de la pintura, tiene que pedÃrselo a la señora de Mirbel.
El señor Delangle puso el grito en el cielo y le hizo a nuestro héroe unos cuantos elogios quizá demasiado enérgicos, pero que tenÃan la rara virtud de ser completamente sinceros.