Narraciones y esbozos

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—Quédese. Es usted muy joven, pero la verdad es que necesito un apoyo; ¿quién me dice que podré dar con otro hombre así de generoso? Por lo demás, si sintiera por mí algo a lo que ya no puedo aspirar, el relato de mis faltas no tardará en destruir la estima en que pueda tenerme y le quitará cualquier interés por la más criminal de las mujeres. Pues, caballero, toda la culpa es mía. No puedo quejarme de nadie, y menos aún de don Gutier[41] Ferrández, mi marido. Es uno de esos desdichados españoles que buscaron refugio en Francia hace dos años. Somos ambos de Cartagena; pero él, muy rico; y yo, muy pobre. «Le llevo treinta años, mi querida Leonor —me dijo, llevándome aparte el día de nuestra boda—; pero tengo varios millones y la quiero como un loco, como nunca he querido. Piénselo y decida: si mi edad la disuade de este matrimonio, cargaré ante sus padres con toda la culpa de la ruptura». Caballero, hace cuatro años de esto. Yo tenía quince. El sentimiento que más me embargaba entonces era el hastío de la absoluta pobreza en que la Revolución de las Cortes[42] había sumido a mi familia. Aunque no estaba enamorada, acepté. Pero, caballero, necesito sus consejos, pues no estoy al tanto ni de los usos de este país, ni de su lengua, como ve. Sin esta necesidad extrema que tengo de usted, no podría soportar la vergüenza que me mata… Esta noche, al ver que me expulsaban de una casa de humilde apariencia, debió usted de creer que era a una mujer de mala vida a quien estaba socorriendo. ¡Pues caballero, valgo menos aún! Soy la más criminal y también la más desdichada de las mujeres —añadió Leonor rompiendo a llorar—. Es posible que un día de estos me vea ante los tribunales de su país y me condenen a una pena infamante. Nada más casarnos, don Gutier mostró un talante celoso. Ay, Dios mío, era sin motivo entonces; pero seguramente intuía mi mala índole. Cometí la necedad de irritarme mucho por las sospechas de mi marido; ofendió mi amor propio. ¡Ay, desventurada!


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