Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos —Aunque tuviera que reprocharse los mayores crÃmenes —dijo Liéven interrumpiéndola—, soy su devoto servidor en vida y muerte. Pero, si podemos temer persecución de la gendarmerÃa, dÃgamelo en seguida para que organice su huida sin perder tiempo.
—¿Huir? —le dijo ella—. ¿Cómo iba a poder yo viajar por Francia? Mi acento español, mi juventud y mi turbación harán que me detenga el primer gendarme que me pida el pasaporte. Seguramente los gendarmes de Burdeos me están buscando ahora mismo; mi marido les habrá prometido oro a puñados si consiguen dar conmigo. Déjeme, caballero, abandóneme… Voy a decirle algo más atrevido. Adoro a un hombre que no es mi marido. ¡Y qué hombre! Ese hombre es un monstruo a quien usted despreciarÃa. ¡Pues bien! BastarÃa con que me dijera una palabra de arrepentimiento y vuelo no ya a sus brazos, sino a sus pies. Voy a permitirme decir algo muy inoportuno, pero en el abismo de oprobio en que he caÃdo no quiero, al menos, engañar a mi bienhechor. Tiene delante, caballero, a una desdichada que lo admira, que rebosa agradecimiento, pero que nunca podrá amarlo a usted.
Liéven se puso muy triste.