Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos En cuanto quedó a su albur, se acercó a la embajadora, cuyos ojos lo habían impresionado. Había acabado ya ella más o menos de decirles algo cortés a todas las damas romanas, había hablado con los cardenales y con los príncipes. El atuendo y el papel de aquellos señores le llamaban la atención a Roizand. Uno de ellos, en vez de quedarse sentado al lado de sus colegas, daba vueltas y más vueltas por el salón. No sé por qué instinto estaba Roizand pendiente de él. Se acercaba con frecuencia a la duquesa. Lo vio Roizand finalmente ocupar un sillón colocado de forma tal que nadie podía interponerse entre él y la duquesa, que no parecía estar hablando por educación, sino con un amigo. Roizand se dijo: «Ahí tenemos a un espía que nos han soltado».
Se agarró del brazo de Saint-Marcel.
—¿Quién es ese cardenal? —le preguntó.
—Es uno de nuestros mejores amigos. El único quizá, de todos cuantos llevan esa ropa, que no tiene ambición, el cardenal Girolamo della Gherardesca.
—Pero ¿no anda, dentro de un orden, cortejando a nuestra jefa?
—¡Está usted muy equivocado! Es virtuoso y piadoso, y también nuestra jefa es la virtud en persona. Tiene una influencia todopoderosa en París, ella fue quien convirtió a su marido en embajador. Necesita vida social, muchas intrigas, éxitos cotidianos.