Narraciones y esbozos

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El barón de Saint-Marcel, a quien Roizand dejó intuir cuán corteses con la duquesa eran aquellas ideas, le aseguró acaloradamente que se equivocaba de medio a medio. La duquesa era la mujer más sosegada y más ajena a todo cuanto tuviera algo que ver con la pasión. Y, no obstante, Roizand le veía en los ojos y en las comisuras de los labios que era pasión toda ella, hasta el punto de vibrar de emoción.

—Solo piensa en socorrer a los menesterosos.

«Es decir, mi querido colega —pensó Roizand—, que quiere engañarme. No le guardo rencor, es su oficio. Y, la verdad sea dicha, ¿por qué iba a escapársele ni una palabra que fuera cierta?».

—Es muy joven ese cardenal suyo —añadió fríamente Roizand.

—Treinta y siete años, como podrá ver en el almanaque; es el séptimo de la última promoción. Uno de treinta y siete años, dos de cuarenta y dos, tres de cincuenta y seis, todos los demás pasan de los sesenta, y el cardenal Serponi tiene setenta y cuatro años. Le dobla exactamente la edad a nuestro amigo della Gherardesca. Ha sido nuncio en Viena.

Roizand estaba ocupadísimo. La belleza de las damas romanas lo turbaba, casi les tenía envidia a sus colegas. Le parecían de lo más ridículos. Pero no tardó en volverle algo de sentido común.


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