Narraciones y esbozos

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Hizo unos cuantos intentos donde podría haberse notado menos maña que impaciencia, brusquedad y ganas de triunfar. En Roma, como en todos los demás sitios, Roizand se había ganado mucha consideración por su talento y había inspirado grandes deseos de humillarlo. No era, desde luego, que él intentase humillar a los demás, pero muchas veces no pensaba en ello. Es este un comportamiento insolente que la sociedad francesa no perdona y en el que la sociedad italiana no se fija, si exceptuamos a los nobles de muy alta cuna, a quienes domina la vanidad casi tanto como a un burgués de París que sea capitán de la guardia nacional.

Roizand se quedó muy asombrado cuando vio que definitivamente le habían encasquetado una reputación de reformador. Caer en ese ridículo lo tuvo muy preocupado dos días, y luego se acostumbró.

«Al menos que no crean también que ando buscando discípulos», se dijo. Y puso cierto cuidado en distanciarse de dos o tres jóvenes romanos con los que gustaba de hablar de cómo sería el mundo al cabo de veinte años.




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