Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Pese a sus resoluciones, que se oponían a ese proceder, Roizand actuaba siempre al azar en un salón, a impulsos de una idea dominante. Lejos estaba de sospechar la reputación de que lo hacía acreedor en Roma su conducta.
A las señoras les parecía digno aún de gustar. Se fijaron en lo reacio que era a conversar con ellas siquiera un minuto y llegaron a la conclusión de que era un hombre que quería fundar una nueva religión. Todos los años ven llegar a Roma a tres o cuatro pobres diablos que, descontentos del lugar que les ha concedido la sociedad, y que es de los más humildes, intentan imitar a san Pablo y crearse una posición. Para ello basta con instituir una religión. Así serán jefes de algo y sentirán ese placer tan grande: salir en los periódicos. Llevan incluso el talento hasta inventar un atuendo. En aquella etapa de la vida romana de Roizand, la princesa de R., a quien había intentado agradar, quiso atraerlo a su casa. Roizand no respondió a aquellas insinuaciones tan claras sino con la altanería más tenaz. La princesa se picó y mandó decir en sociedad a treinta o cuarenta hombres, en los que mandaba como una soberana, que Roizand era un santo que pretendía fundar una religión. Cuando las bromas de sus colegas pusieron a Roizand sobre aviso de su nueva dignidad, no era ya tiempo de remediarlo, tenía la investidura. En seguida los obispos santurrones le cogieron un odio rabioso.