Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Seis meses después, Roizand tenía la reputación más peculiar de Roma. Creía en poquísimas cosas, aborrecía cualquier contacto con lo vulgar, era hombre honrado a carta cabal si dejamos de lado las cuestiones galantes; y no por ello dejaba de ser vox populi que quería fundar una religión nueva. Había intentado agradar a aquellas hermosas romanas que le habían infundido una admiración rayana en el respeto en el baile de la embajada del que ya hemos hablado. Pero hoy en día no es asunto de poca monta agradar a una señora romana. Lo fastidiaban los fastidiosos que las rodean; y Roizand se desanimó de aquella prolongada empresa a mitad de camino. Repleto de esas ideas que proporcionan las novelas francesas, Roizand no se había percatado de la causa de su falta de éxito.
«Estoy empezando a hacerme viejo; hago mal en no darme cuenta».
Y, en virtud de ese flamante razonamiento, estuvo dos meses sin hablarles casi a las mujeres. No es posible que hubiera otra cabeza con menos sensatez que esa.
Quiso el azar que la señora de Vaussay se fijase en ese comportamiento. En aquellos dos meses hubo varias fiestas en la embajada. En todas ella estuvo interesada la señora de Vaussay en seguir con la mirada los diálogos de Roizand con los diversos grupos con los que se mezclaba.