Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Roizand no había hecho el menor caso a la señora de Vaussay. Miembro de su corte sin haberlo deseado, estaba orgulloso de no pensar en ella. No obstante, en momentos en que la imaginación estaba ociosa, no le había quedado más remedio que pensar en la duquesa. Por deber, o al menos por mor de las conveniencias, estaba casi todas las noches en los mismos salones que la señora de Vaussay. A la larga, se asombró de lo que oía contar y se fijó en lo que pasaba. No era ya aquella mujer que ambicionaba los éxitos, aquella nueva señora de Staël, que tanto ambicionaba hacer conquistas y que se honraba con el triple triunfo de la elocuencia, la ambición y, quizá, el amor; nada más sencillo, nada más apacible que la clase de vida que llevaba en Roma aquella gran señora. Roizand acabó por dudar de sus recuerdos, pero, por mucho que se esforzaba, no podía ocultarse a sí mismo que aquella mujer, tan sencilla en Roma, había sido motivo de desesperación para veinte mujeres célebres de París, había pasado años acostumbrada a los mayores éxitos de la inteligencia, de la ambición e incluso del amor. Todo París le había atribuido sucesivamente tres o cuatro amantes, hombres famosos de la buena sociedad y que tenían estupendos puestos. Roizand no había alternado en los mismos salones que ella, pero no era posible que todo aquello fuera mentira. No salía de su asombro.