Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos «¿Esta mujer engaña a toda Roma? ¿Me engaña a mí, que la veo a diario?».
Acabó por llegar a la conclusión de que había agregado a su persona, como quinta gran pasión, al cardenal della Gherardesca. Los dos se pasaban al menos una hora hablando todas las noches. Por respeto, todo el mundo solía alejarse bastante de sus sillones para no oír lo que decían. Roizand se fijó en que en los hermosos ojos de la duquesa había a veces mucha animación cuando hablaba con el cardenal y expresiones muy singulares. Roizand la vio varias veces tan conmovida que llegó incluso a gesticular.
Roizand, por su rango y por la posición en cierto modo subordinada que tenía respecto a ella, hablaba con la duquesa solo lo que exigía la cortesía más estricta. La duquesa, por su parte, no había tenido empeño en charlar mucho rato con él, porque este era lo que en 1832 llamaban un liberal. Opinaba que Luis Felipe debería haber cumplido de buena fe el pacto tácito al que había llegado con el pueblo en 1830. La duquesa, cuyos antepasados habían ido a las cruzadas, tenía que opinar lo contrario; y además, cosa que habría asombrado a sus antepasados, aunque ocupaba una posición destacada, se moría de miedo de no agradar en la corte. Roizand era lo bastante chiquillo, pese a la edad que tenía, para despreciarla un poco por eso.