Narraciones y esbozos

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—Solo un comentario: de toda soltera joven y bonita que cambia de nombre se supone (con el permiso de la señora, estoy hablando como jurista) —dijo el abogado saludando con una inclinación a la señora Wanghen— que ha tenido la desgracia de llegar a madre antes que a esposa. Sería, pues, menester cubrirle con una gran mancha rojiza la cara, mediante un preparado químico (de nitrato de plata) que tuviera la forma de una afección cutánea y fingiera serlo. Y aun así, señorita, tiene usted por desdicha tan flexible el talle y tan juveniles los andares que cualquiera de nuestros jóvenes negociantes del comercio alemán que se la encontrase en Nápoles o en París o en Nueva York (¿hasta dónde no llegan nuestros jóvenes alemanes?) acabaría por reconocer a la señorita Wanghen.

Daban las cuatro, el abogado estaba pálido de cansancio. La señora Wanghen lo llevó aparte, le pagó espléndidamente y le pidió que guardase el secreto, lo que el abogado Willibald prometió con mucha dignidad; y cumplió la promesa.

—¿Y bien, hija mía? —dijo la señora Wanghen al volver al salón.

—Y bien, mamá, voy a ser muy desdichada; pero he conseguido algo que me parecía imposible: nuevos motivos para quererte.

Y se arrojó en brazos de su madre.


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