Narraciones y esbozos

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Capítulo III

Un día en que la señora Wanghen estaba tomando el té en casa de su sobrino Wilhelm —era la única casa que el luto permitía frecuentar a madre e hija—, dijo que por motivos de salud se veía en la necesidad de ir a tomar las aguas a Cheltenham, en Inglaterra. A nadie le extrañó demasiado esa decisión. Pierre Wanghen estaba a punto de hacer ese viaje a Inglaterra con su mujer y su hija cuando se lo llevó una muerte prematura.

La señora Wanghen añadió que, tras una estancia de unos cuantos meses en aquel país, se plantearía regresar a Kœnigsberg, pasando quizá por París. Aquella frase, que tenía todos los visos de una declaración oficial, dejó aterrados a los apuestos jóvenes y al general von Landek. Dos de los más osados se atrevieron a decir que ellos también tenían que ir a Inglaterra para asistir a las carreras y comprar caballos.

Pocos días después, Mina y su madre partieron hacia Londres; pero, al llegar a Hamburgo, les pareció que un trayecto tan largo por mar era imposible y cogieron muy animosas la silla de posta para Calais, es decir, para París.


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